Programa funcional o programa revolucionario. ¿Qué necesita Bolivia?

Por Walter Reynaga Vásquez…

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En esta hora de búsquedas programáticas electoralistas lo que pesa en el ánimo de nuestros políticos es el afán de conquistar votantes a como dé lugar. Lo demás pierde relevancia. Cosas como un programa de respuestas factibles a los graves problemas del país y el sentido de servicio a la patria. De ahí las maravillas que ágilmente prometen y juran conseguir los candidatos a beneficio del país cuando lleguen al poder, tales como: “empresas para todos los jóvenes”, “500 mil empleos”, “salud universal”, “combate frontal a la corrupción”, “grandes obras públicas”, “industrializar el país”, “educación liberadora”, etc.

Cosas, ciertamente deseables, pero imposibles de ser alcanzadas en el marco de las actuales condiciones estructurales, que devienen ya de la Revolución de 1952. Las mismas que tienen al país en la pobreza, el atraso, la conflictividad política y el gobierno degradado a la condición del escenario principal de la corrupción. Con el poder político entendido como algo puesto para beneficio de las élites, que así se enriquecen a costa del país.

Bolivia necesita de cambios revolucionarios, y las propuestas programáticas no debieran ser menos si han de estar a la altura de las exigencias del momento histórico y las ansias de la población por mejores días.

Criterios para orientar la tarea de diseño programático

Un enfoque teórico destinado a orientar la determinación de las condiciones estructurales del país y el diseño de respuestas programáticas a sus problemas fundamentales, veamos.

Si nos atenemos a la naturaleza de los agentes de decisión sobre las cuestiones económicas (qué, cómo y para quién producir, y los términos del intercambio) dos son las formas básicas de organización de la economía: 1) las personas tomando decisiones voluntarias sobre los asuntos que les conciernen directamente; y, 2) Los apoderados políticos (o clericales) tomando decisiones sobre los asuntos que involucran a sus poderdantes o “representados”, a las masas. Ambas formas presentes desde los primeros tiempos de la sociedad humana.

En el primer caso encontramos dos subcasos:

  1. El correspondiente al ámbito familiar, como unidad socioeconómica propietaria particular de los medios de producción, donde las decisiones las toman los jefes de familia bajo patrones de solidaridad grupal de origen genético, definiendo los asuntos básicos de la economía y el intercambio determinado por el sentido de solidaridad, (de la que el ayni andino es un caso de solidaridad ampliada).
  2. El correspondiente al ámbito de la sociedad humana, como el correspondiente a un país, con las personas, los grupos familiares y las empresas como agentes económicos, en calidad de propietarios de los medios de producción. El escenario donde rige el principio de la economía: “Obtener más con menos”, definiendo la participación de los agentes económicos y la negociación de los términos del intercambio así como el qué, cómo y para quién producir. No otra cosa que la economía de mercado y empresa privada, de la que la economía capitalista es su mayor expresión conocida.

En el segundo caso:

  1. El estado a través del gobierno como apoderado de la sociedad tomando decisiones sobre el qué, cómo y para quién producir y los términos del intercambio. Cuya máxima expresión conocida está el socialismo marxista. Sistema que estatiza los medios de producción y planifica la actividad económica marginando el mercado y a las personas como agentes de decisión sobre sus propios asuntos económicos. Esto es, el totalitarismo.
  2. El mismo gobierno como apoderado de la sociedad tomando decisiones sobre el qué, cómo y para quién producir y los términos del intercambio, pero en este caso limitadamente porque, a diferencia del socialismo marxista, la propiedad de los medios de producción, salvo “sectores estratégicos” se mantiene en manos de las personas, las familias y las empresas. En este modo, el gobierno asume el rol de conductor de la economía aplicando selectivamente en función de determinados sectores de la economía planes, directrices, condiciones, precios y otras imposiciones sobre el intercambio. Aquí cuentan las formas nazifascistas, la socialdemocracia, el “estado de bienestar”, nuestro “nacionalismo revolucionario” y otros modos de socialismo tibio, a pesar de sus diferencias ideológicas.

La sociedad humana moderna combina en diferentes grados estos dos factores de organización de la economía, gobierno y mercado. En formas con preeminencia de uno u otro factor. Modos mixtos en los que, según la práctica, es el gobierno el que avanza sobre el empresariado privado y el mercado sometiéndolo a sus afanes y racionalidad, en desmedro de la racionalidad propia de la economía, y no que el mercado y la empresa privada haya avanzado sobre el gobierno, salvo bajo formas espureas e ilegales. Que no por tales pierden importancia.

Las posibilidades de diseño de nuevas alternativas de organización económica fundamental tienen que darse dentro de los parámetros referidos. Opcionalmente, mejorando el desempeño de uno u otro factor, sea el mercado y la empresa privada, o el gobierno y sus empresas (en la planificación como en la ejecución de sus planes). O, combinando de manera distinta y con criterio de sinergia los roles del gobierno y el mercado, a diferencia de las formas ya conocidas y puestas en práctica.

“El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”

Lo que no va, es ampliar los modos propios de la familia a la sociedad toda, porque en este último escenario no rigen ya las determinaciones genéticas que definen la sociedad familiar, al menos no con la misma fuerza definitiva. Nos referimos al sentido de solidaridad que orienta los nexos dentro de la familia. Sin embargo, esta parece ser la estrategia de las propuestas hacia el poscapitalismo llamadas “economía solidaria”, “colaborativa” y similares.

<<Por ende, junto con la transición a una economía de carbono cero, necesitamos un rápido rediseño del sistema, en el cual el sector de mercado se achique en relación con el sector público, emerja un sector colaborativo no mercantil, el dinero deje de funcionar como reserva de valor y haya una rápida reducción de las horas trabajadas dentro del sistema remunerado.>> (Paul Mason: “El insoportable irrealismo del presente, poscapitalismo y sociedad”, 2019).

Si ha de desarrollarse una economía colaborativa orientada por la solidaridad, esta no podrá darse y perdurar sino está fundada en las decisiones voluntarias de las personas. El pretender construirla y hacerla funcionar por medio de las decisiones y autoridad del gobierno, o de acuerdos tomados en asambleas (que son formas también políticas) se cargarán con las deficiencias propias del sistema donde la economía está sometida al poder político.

Y no se debiera perder de vista que los resultados buscados de solidaridad y colaboración, no por ser buscados explícitamente logran sus objetivos. Tal como se puede concluir de las experiencia de la economía en manos del poder político, como es el caso del socialismo real (1917-) y los modos híbridos como nuestro “nacionalismo revolucionario” (1952-) o el “socialismo del siglo XXI” actual. De los que si algo resalta son sus miserables resultados materiales y morales, sin excepción alguna.

Es más, las propuestas poscapitalistas que salen de los ámbitos intelectuales populistas, ignoran o pasan por alto el hecho de que lo colaborativo y solidario del relacionamiento humano en la economía puede darse también al margen de las intenciones de los agentes económicos. Incluso cuando sólo van en procura de “obtener más con menos”. La realidad de la economía moderna muestra efectos de solidaridad y colaboración a pesar de la primacía de las intenciones egoístas de ganancia. Lo que efectivamente ocurre con las relaciones de mercado. Cosas de las que da evidencia la prosperidad de los países capitalistas. Una prosperidad reconocida hasta por el enemigo principal del capitalismo, Karl Marx, en El Manifiesto del Partido Comunista. Desarrollo que ha llevando a la población a mucho mejores condiciones de vida que las vividas durante miles de generaciones anteriores bajo estructuras precapitalistas.

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