El socialismo se hizo fascismo. La historia: un proceso de lucha sostenida, de los gobernantes por someter al pueblo y este por defender su libertad

Por Walter Reynaga Vásquez//…

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Una lucha titánica que no ha terminado aún a pesar del desarrollo de la democracia en los últimos siglos. Entendiendo por democracia el régimen que le posibilita al pueblo defenderse de los afanes de dominio de las élites políticas.

Desde el siglo XX, en el escenario de sus países centrales, la humanidad ha venido  experimentando con sistemas modernos de dominio autoritario empeñados en asignarle al estado protagonismo central en desmedro del rol de las personas. Lo que implica el retroceso de la democracia. Es ahí que cuentan los regímenes totalitarios socialistas que alcanzan sus mayores expresiones con la URSS, Alemania de Hitler e Italia de Mussolini.

Mientras Alemania e Italia fascistas se hunden por sus ambiciones imperiales al ser derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, la URSS, en el bando de los ganadores, se consolida y amplia su dominio hasta constituir el llamado “campo socialista” abarcando países de cuatro de los cinco continentes del planeta, entre ellos la gigante China. Condición desde la que el país eje del “campo socialista” gravita sobre todo el mundo desarrollando su influencia en el marco de la Guerra Fría. Poderío que se derrumba intempestivamente con la debacle del “campo socialista” a inicios de la década de los noventa del siglo pasado. Así pasan a la historia estas dos expresiones máximas del totalitarismo clásico, el marxista y el nazifascista.

Pero el problema no termina ahí. El partido comunista de la China habiendo tomado conciencia de la irracionalidad de la economía en manos del estado y su fracaso asume la necesidad de un cambio substancial en procura de la economía de mercado y la empresa privada nacional y extranjera. Estrategia de salvación que le resulta exitosa en la medida en que así logra sacar la economía del país hacia el desarrollo. Y más aún cuando de este modo la élite comunista logra afirmarse en el poder dictatorial estableciendo de hecho un régimen fascistoide.

La élite del partido comunista de la URSS, menos atenta que la de la China ve degradarse el sistema hasta que este desaparece en medio de una crisis humanitaria gigantesca. Pero la élite comunista soviética logra rehacerse y luego de la debacle socialista, consigue reconquistar el poder con los mandos medios del partido, en un ambiente de apariencias democráticas.

Hoy, a estas alturas de la historia, en ambos países, otrora cabezas de los sendos “campos socialistas” (cada cual con su red de partidos comunistas “soviéticos” y “pequineses”) las élites dirigentes parecen haber consolidado su dominio, aprovechando las virtudes de la economía de mercado. Y hasta se diría que han creado un nuevo modo de producción (“socialismo con particularidades chinas”) que sin embargo no es otra cosa que el fascismo, identificado más en sus niveles estructurales que en el discurso ideológico. Revitalizando así el dominio del estado sobre la sociedad. De las élites políticas sobre el pueblo.

Entonces, en balance histórico diremos que si la caída del Muro de Berlín, como antes la derrota de Alemania e Italia fascistas, significó un avance del pueblo y sus libertades sobre las fuerzas del poder, hoy asistimos a un momento de retroceso ante el mismo. Lo que unido al incremento del intervencionismo estatal sobre la economía en los países capitalistas (“estado de bienestar”, “socialismo del siglo XXI”, keynesianismo, nacionalismos, trumpismo…) configura un panorama general negativo para la humanidad, sus libertades y derechos.

Es en este marco de comprensión que se entiende el rol de las potencias rusa y china fascitoides como paradigmas de los autoritarios del planeta. En cuyo marco cobra sentido la denuncia del informe que ha inspirado este comentario: Daniel Iriarte: “China como campo de pruebas: este es el futuro de la represión en el mundo”, 23-08-18. Del que a modo de ilustración copiamos los siguientes párrafos.

 Foto: Un pantallazo del sistema de vigilancia chino SenseTime durante una prueba para periodistas en la oficina de la empresa en Pekín, en octubre de 2017. (Reuters)

<<‘Apps’ para denunciar a tu vecino

Además, los residentes denuncian que a menudo, en los puestos de control, la policía les obliga a descargar aplicaciones en su móvil. Una de ellas, llamada “Jingwang” (literalmente, “Limpieza de la web”), escanea el contenido de los teléfonos y avisa a sus usuarios de que ciertos archivos son problemáticos, por ejemplo los de carácter islámico que no hayan sido sancionados por las autoridades religiosas oficiales, y les conmina a borrarlos. Otros programas sirven para escuchar las conversaciones, y otro, llamado “Baixing Anquan” (“Seguridad ciudadana”), ayuda a los usuarios a denunciar los comportamientos sospechosos de sus vecinos. Esta última ‘app’ es muy popular: durante los tres primeros meses tras su aparición fue descargada 147.000 veces.>>

<< El año pasado, la firma china Yitu ganó una competición abierta de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional de EEUU para desarrollar algoritmos de reconocimiento facial, y otras empresas chinas lograron resultados sobresalientes. Según Shen Xinyang, jefe de tecnología de la empresa tecnológica Eyecool, el mercado de la seguridad pública en el país fue valorado en más de 80.000 millones de dólares en 2017, pero podría crecer aún más a medida que China aumenta sus capacidades. Un pastel que, por supuesto, no ha pasado desaparecido fuera de sus fronteras.>>

<< Algunos pensadores, como Wright, son optimistas, y creen que los sistemas de supervisión y responsabilidad existentes en los países democráticos impiden que en último término pueda producirse una deriva similar a la de los ejemplos apuntados arriba. “La tendencia humana a enmarcar la competición en términos de ‘nosotros contra ellos’ puede llevar a los países occidentales a definir sus actitudes hacia la censura y la vigilancia al menos parcialmente en oposición a esta nueva competición [con los estados autoritarios]”, escribe. “Los Gobiernos y las empresas tecnológicas en las democracias liberales tendrán que explicar en qué son diferentes”, concluye.>>

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