El socialismo se ahoga en su propia sangre. En el desastre económico que provoca su irracionalidad

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¿Es sostenible la economía socialista?

La experiencia de la humanidad indica que no. Y, que en su caída arrastra a la desgracia a sus propios líderes. Un escenario del que Evo Morales no podría ser excepción.

De este desastre se salvaron los líderes de la China socialista, cuando en 1978  Deng Xiao Ping inició la revolución hacia la economía de mercado. Empezando el proceso de combinación de capitalismo en economía y dictadura socialista en el gobierno.

Al Partido Comunista de la China le fue bien. Desde entonces su país viene avanzando sin retroceso y está a punto de convertirse en la primera potencia económica mundial y motor del desarrollo global, relegando a un nivel secundario a los EEUU. Éxito económico sobre el que los jefes del Partido Comunista afianzan su dominio, al punto de que no parece haber posibilidad alguna de cambio, menos aún, ahora que sus gobernantes pueden ser reelegidos indefinidamente.

 

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La China, un ejemplo a seguir…

Con este ejemplo es que las élites gobernantes de Cuba y Venezuela se interesan en seguirle los pasos esperando los mismos resultados. El mismo “socialismo del siglo XXI” vendría diseñado con esta perspectiva.

Pero, la realidad está exponiendo que ni Venezuela ni Cuba, ni Corea del Norte… logran los éxitos de la revolución china, ni mucho menos. ¿Por qué?

Según se ve, porque a diferencia de la China, el gobierno cubano como el venezolano quieren hacerlo sin perder su grandioso tono ideológico marxista y el consiguiente repudio al mercado y a la empresa privada nacional y extranjera. Además de seguir promoviendo y privilegiando formas de economía estatizantes y colectivistas, como las llamadas “empresas sociales” en Bolivia. Cosas que hacen mientras mantienen discursos beligerantes contra los EEUU y las potencias capitalistas europeas…

Posturas con las que configuran un escenario hostil a la inversión extranjera directa, a pesar de las declaraciones e invitaciones a invertir en sus países que de tanto en tanto hacen a las transnacionales. Y claro, así no logran sino ahuyentarlas. En estas condiciones, ningún empresario en su sano juicio irá hoy a invertir en Venezuela y muy pocos querrán arriesgarse a hacerlo en Cuba o Bolivia –las empresas chinas u otras que hacen obras públicas no son inversionistas, ellas son sólo contratistas–.

De este modo es que ni Cuba ni Venezuela ni Bolivia… cumplen con uno de los factores centrales de éxito chino: las inversiones de las transnacionales del mundo capitalista aportando capitales y tecnología. Capitales y tecnología que nuestros países necesitan y no tienen.

Problema que el líder de Corea del Norte se ha dispuesto a superar. Lo está haciendo dejando atrás su beligerancia antiimperialista, anticapitalista y antioccidental –según parece, por consejo del gobierno chino–. Kim Jong-un ha llegado a entender que de enemigo del “imperio” jamás logrará dar imagen de seguridad a los empresarios extranjeros.

En suma. China lo ha logrado, Cuba no y menos Venezuela. Corea del Norte empieza a avanzar en el sentido correcto,  Bolivia no. Bolivia bajo mando de Evo Morales avanza empecinada hacia el socialismo, a contrapelo de lo que hizo China, con leyes como la de creación de “empresas sociales” que espantan a los empresarios, disponiendo alegremente de la plata de las empresas (doble aguinaldo), acosándolas mediante Impuestos Internos… Posturas que además refrenda con el típico discurso socialista, de desprecio y odio a la empresa privada.

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¿Qué resultará de esto para Bolivia?

Que la economía boliviana  (igual que la venezolana o la cubana) irá deteriorándose por el peso degradante del ampliado sector de empresas estatales, presas de la corrupción, de los efectos perniciosos de inversiones mal orientadas, el lujo del gasto gubernamental… hasta llegar a la insostenibilidad.

Entonces, tal como está ocurriendo con Maduro, Evo Morales no podrán tener otro destino que su caída.

Si la esperanza está en reproducir el dominio de la familia Castro sobre Cuba, que pierda la ilusión. No estamos ya en los tiempos de la Guerra Fría, ni el socialismo es la ideología de esperanza para las masas como fue hasta la caída del Muro de Berlín. Por el contrario, la tragedia que está viviendo el pueblo venezolano está expuesta en vitrina a la mirada de todo el mundo, y arrastrará a la ideología marxista a la ignominia, hasta hacer de la palabra socialismo una mala palabra.

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