“A más gasto público mayor pobreza”. Y Bolivia se destaca por tener los más altos niveles de pobreza como de gasto público

Por Walter Reynaga Vásquez—

<< En porcentaje del PBI, Argentina toma ingresos públicos (es decir, estruja al sector privado) un 50% más que en Chile: acá se recauda el equivalente al 36% del producto y en Chile el 24%. En términos de pobreza (que debería ser la primera política pública), los resultados son muy dispares: en Chile llega al 8,6% de la población y en Argentina abarca al 32%.>> (“La realidad les da la razón a los Espert y los Milei: a más gasto público, más pobreza (¿tanto cuesta entender que asfixia la actividad?”).

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Y en Bolivia, cuyo porcentaje de pobreza alcanza casi el 37% (2018), el Presupuesto General del Estado (consolidado) corresponde a casi el 70% del PIB. Una correlación cuyos niveles vienen desde los tiempos iniciados por la Revolución Nacional (1952) y se mantuvieron con cierta disminución hasta en la época “neoliberal” (1985-2005), pero siempre por encima del 50%.

Si a estos datos agregamos la poca racionalidad económica de las inversiones públicas en afán de crear industrias estatales, el panorama se ve aún más negativo. Un afán que ha destacado al gobierno de Evo Morales, desde el 2006, como en los mejores tiempos de la Revolución Nacional (1952), que puso al estado como el actor central de la economía en la idea de hacerle el artífice del desarrollo.

El crecimiento de la economía boliviana de la última década, bajo el régimen socialista del siglo XXI, se explica por un inédito ingreso de recursos por las exportaciones de nuestros principales productos (gas y minerales…). Ingresos, generados por mercados en espectacular periodo de alza, con precios que multiplicaron por cinco los previos. Fue la redistribución y distribución populista de estos recursos, en una economía fuertemente intervenida y con un gran sector  estatal, lo que impulso el PIB al crecimiento, del que hacen alarde los informes oficiales.

Crecimiento que concuerda con los niveles alcanzados por la economía de Venezuela, bajo similar política económica, hasta el 2013. Cuando, desencadenada por la caída de los precios del petróleo, la acumulación de lo irracional de las inversiones públicas, la mala administración derivada de la creciente corrupción en las empresas del estado y la administración pública junto al derroche desataron la terrible crisis que aún hoy vive ese país. Al punto de haber perdido ya más del 50% del PIB entre el 2014 y el 2018. Lo que termina dando la razón a quienes le atribuyen a la economía populista del socialismo del siglo XXI una curva de crecimiento inicial que a cierto plazo termina desembocando en crisis y degradación. Perfil que confirman, aunque no en estos extremos, lo que vino a suceder en la Argentina, Brasil, Nicaragua, Ecuador bajo este régimen.

Por lo que las posibilidades de sostener el crecimiento en la economía boliviana para los próximos años son poco probables, coincidiendo con indicadores que se van destacando en los últimos años, como ser la creciente deuda externa e interna, la dramática disminución de las reservas internacional, el déficit fiscal creciente, el agotamiento de los yacimientos de gas, la creciente corrupción generando deficiente administración en el sector público, empresas estatales en situación deficitaria y la acumulación frustraciones en las inversiones en emprendimientos industriales y entidades financieras de promoción, agréguese el gasto suntuario del gobierno, etc. Indicadores que se llegan a conocer a pesar del esfuerzo del gobierno por maquillar los datos. ¿Está ya Bolivia entrando en la fase de decadencia del modelo populista de economía llamado socialismo del siglo XXI?

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